Maisha

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BIENVENIDO A MAISHA

 

 MAISHA

Desde nuestra organización se pretende favorecer el desarrollo y promover mejoras en la situación de comunidades geográficamente situadas en los pueblos del Sur.
Así mismo no podemos olvidar la situación actual de ciertos colectivos que sufren también de la desigualdad social y/o la escasez de medios para poder llevar una vida digna y saludable, los cuales forman parte de lo que se conoce como Cuarto Mundo.

Por todo ello se trabajará generando proyectos y programas de intervención social, bien propuestos por las propias comunidades y Ong's locales a las que irá destinado dicho proyecto o programa, o bien como resultado de un análisis de la situación que desencadene en una propuesta por parte de un equipo preparado o especializado para tal tarea.
Se trata con ello de fomentar el desarrollo justo, aprovechando los recursos existentes en la zona, y que a su vez permitan mejorar la situación personal y social de los destinatarios sin crear con ello nuevas necesidades. Para ello, una de las formas de actuación será potenciar el uso de todas sus capacidades, habilidades y herramientas que además aseguren un mayor grado de autonomía personal y bienestar general del grupo.

Para cumplir nuestro objetivo desde Maisha nos comprometemos con cinco valores que atañen a nuestros principios y los cuales nos guiarán como líneas estratégicas para alcanzar nuestra misión:

- Desarrollo requerido por la comunidad.
- Análisis de necesidades y realidad del lugar.
- Sostenibilidad de los proyectos.
- Participación.
- Acción Social.


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HAITÍ, LA ESPERANZA BAJO LAS RUINAS

“En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente” Khalil Gibran.

El infierno no debe ser muy diferente a las calles de Puerto Príncipe. El gobierno acaba de hablar de una década para reconstruir el país. Una década para solucionar una situación que ya era insostenible antes de la catástrofe y que ahora resulta calamitosa. El que era el país más pobre de América, ha sufrido un terremoto que ya se valora en 150.000 muertos. Y hay quien dice que se puede hablar de más. 150.000. Es un número, de esos que vemos todos los días. Pero al tratarse de vidas se vuelve incomprensible, inconmensurable. No es fácil de asimilar las dimensiones de esta tragedia humana. Pensemos en la población de nuestra localidad o nuestro barrio. Es como si en cuestión de unas pocas horas muriesen todos los habitantes una ciudad. Es como si todos los vecinos de las ciudades de Ávila, Cuenca y Zamora juntas, muriesen. Como si en un día toda la provincia de Segovia desapareciese. O, mejor dicho, como si todos sus habitantes perecieran yaciendo bajo un amasijo de escombros. En Haití hay miles de personas que de un suspiro han perdido a sus padres, madres y hermanos, familiares y seres queridos. Todo.
Más de un millón de personas viven a la intemperie y se estima que hay al menos 250.000 desplazados. Las calles de Puerto Príncipe se han convertido en un constante ir y venir de gente que busca entre los escombros útiles para reconstruir sus casas, desesperados por llegar hasta la ayuda de alimentos, agua y medicinas. El caos total fluye por la ciudad. Hay muchos niños deambulando por las calles, con un alto riesgo de ser secuestrados y posteriormente vendidos, como esclavos o con fines sexuales. Como siempre la realidad de los más débiles es la más atroz y en época de naufragio, las alimañas salen a la superficie.
Este es sólo un esbozo del panorama haitiano. Unas ligeras pinceladas, posiblemente insuficientes, para que lleguemos a imaginar el desastre que se respira por sus calles. Calles donde el olor de la muerte se mezcla con el de la desesperación. Pero mientras alguien esté dispuesto a cambiar las cosas, no hay que bajar los brazos.

Jean-Max Bellerive, primer ministro del país, ha solicitado a la ayuda internacional 2.100 millones de euros para la reconstrucción. Paradójicamente Haití tiene una deuda externa que asciende alrededor de los 635.000 millones de euros. Esta deuda se reparte entre el Club de París; formado por España, EEUU y Francia; y por el Banco Interamericano de Desarrollo; formado por Venezuela y Taiwán entre otros. Los acreedores del Banco de París decidieron, ya el verano pasado, suspender su parte de la deuda. Esto dejaría a las arcas haitianas con una deuda de 310 millones de euros dependientes del Banco Interamericano de Desarrollo. No obstante, Hillary Clinton ya ha comenzado las negociaciones para lograr la condonación de ese lastre, así como organizar una reunión en Nueva York, el próximo mes de marzo, para estructurar las donaciones a nivel internacional.
Estas noticias añaden una nota de esperanza para el desolado país caribeño, pero sin duda los escépticos no auguran un futuro muy halagüeño. Perdonar la deuda externa parece simplemente lo mínimo. Algo que se debería haber hecho antes, y no sólo con el país situado en la Isla La Española, sino con el resto de naciones que la padecen.
Lo que agrava el panorama actual concreto de Haití es la descoordinación de los organismos internacionales en la entrega de las ayudas. Según Michele Duviver, ex Primer Ministra del país, hay muchos contingentes que están parados. Camiones repletos de comida, agua y medicamentos, que están aparcados y custodiados a la espera de que se solucionen los trámites burocráticos. Y claro, los asaltos se suceden y el nivel de alarma y violencia se disparan.
Ante este complicado escenario, EEUU barajó la posibilidad de crear un protectorado en Haití. Medida que no gusta en Europa, que lo entiende como una manera de asegurar los intereses económicos estadounidenses al hacerse cargo de la reconstrucción, así como una medida antinatural en el desarrollo de la región, que se considera debe ser liderada por el gobierno haitiano y ayudada por los organismos internacionales. También se está pensando en crear otra ciudad alternativa a Puerto Príncipe, que habilite el asentimiento de los desplazados y sin hogar.
Ante este contexto llega la pregunta obligatoria, ¿qué ha fallado en Haití para provocar tal desastre? La respuesta parece clara. La pobreza que ya existía allí ha sido fundamental.
Un encuentro de ingenieros está valorando la situación para encontrar las causas y evitarlas en el futuro, y lo primero que han dilucidado es que, la carencia de una norma antisísmica, junto con el hecho de ser un país tan pobre han sido las causas de la magnitud del desastre. A estas se le añade un hecho fatal que ha sido la falta de una buena política de supervisión. Esto significa que a la hora de construir, el ingeniero podía hacer bien los cálculos, pero luego llegaba el capataz, escatimaba en los materiales y los resultados no se supervisaban; el producto era de esperar. Un caldo de cultivo para la debacle. Debacle que podía producirse en cualquier momento ya que el país esta situado en una zona de alto riego sísmico. Eso era una evidencia, y por lo tanto la planificación debiera haber sido distinta. Pero, claro, en una región donde se lucha contra el hambre el cumplimiento de las normas de edificación no es una prioridad. Evidente. Por lo tanto, estamos ante la cruda realidad: si este terremoto sucede en un país desarrollado no estaríamos hablando de tal magnitud de desastre humanitario. Es una obviedad, pero hay que recalcarla. La naturaleza simplemente ha desatado una desgracia alimentada siglo tras siglo por el hombre.

“La paradoja [....] consiste en que, por más que me niegue o que proteste, soy un colonizador por el mero hecho de pertenecer a una nación que coloniza a otros” Ryszard Kapúscinski.

Como afirmaba el periodista polaco, tenemos una responsabilidad moral por el hecho de ser hijos de colonizadores. Y es que las sucesivas naciones colonizadoras de Haití, España entre ellas, han ido dejando con el yugo de los años a este país caribeño en la realidad que ahora sufre. No es que tengamos la culpa del movimiento de las placas tectónicas, pero evidentemente sí somos partícipes de la desgracia que ha originado por sembrar un campo de miseria que ha resultado perfecto para acoger a la catástrofe con los brazos abiertos. El desastre humano ya estaba creado antes del 12 de enero. Para tal fecha, Haití ya contaba con un 80% de su población bajo el umbral de la pobreza y un 54%, en términos de EEUU, subsistía bajo “pobreza abyecta”. En consecuencia, está en nuestras manos y es nuestro deber como seres humanos que este desastre no caiga en el olvido. Que dentro de una década Haití vaya viendo la luz al final del túnel, pero que no sea la única en recibir nuestra ayuda. Porque las catástrofes se van a seguir sucediendo, pero es nuestro deber hacer que los que las sufren más tengan mejor capacidad para asimilarlas. Hablo de una ayuda y una actitud particular e individual desde cada ser humano. Los gobiernos y las altas esferas, como siempre, estarán guiados por otros intereses, pero nadie y sobre todo los que somos tan afortunados de vivir en el primer mundo, está privado de ejercer su propia voluntad contra el egoísmo. La idea de que un mundo mejor es posible no puede ceder ante la que dice que el hombre es un lobo para el hombre (hommo homini lupus).
Ayer salió el caso de un joven haitiano, Rico Duprevil, que ha sobrevivido después de estar dos semanas sepultado bajo las ruinas. Tenía fracturados una pierna y un pie, así como serios síntomas de deshidratación y heridas en el rostro, pero ese, su rostro, era la cara de la esperanza. La esperanza surgida de entre las ruinas.

“Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol” Martín Luther King.

 

Andrés León Quintero


(Periodista y Voluntario de Maisha)
 


 

 
Sonrisa de un niño



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